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jueves, 16 de junio de 2011

Indignados con causa. Desobediencia civil.

Rechazan un sistema político obturado en su representatividad y que es rehén del poder económico


Las relaciones entre el Estado y el sistema capitalista han pasado por tres etapas. En la primera, el Estado –laissez faire, laissez passer– se limitaba a preservar un espacio de libertad y seguridad. En la segunda, el Estado devino intervencionista, para limitar los abusos que la situación anterior propiciaba, mediante la creación del Estado de bienestar. Y en la tercera, ante lo que se juzgó un exceso intervencionista, el sistema capitalista ha optado por suplantar al Estado y ocupar su lugar, mediante un doble proceso de liberalización y desregulación. El banquero Sigmund Warburg lo explicó así: "La Segunda Guerra Mundial fue una guerra entre la democracia y la autocracia, que ganó la burocracia".

En esta fase nos hallamos hoy: el Estado está sometido –como sistema jurídico– a un proceso de desguace por una doble vía de privatizaciones y desregulaciones. Este proceso exige –como todos– una justificación que viene dada por una corriente de pensamiento atisbada por Hannah Arendt, hace años, en La condición humana. Arendt anticipó lo que hoy sucede: el predominio de la mentalidad privado-profesional en la vida de la mayor parte de las gentes, que dejan el espacio público en manos de los políticos profesionales, a los que se limitan a votar periódicamente sin inmiscuirse luego en su gestión.

Se consolida así un totalitarismo permisivo que concede al ciudadano una amplia gama de gratificaciones sensibles, con el fin de que se abstenga de intervenir en los procesos públicos, que son gestionados por expertos procedentes de los grupos de presión surgidos en torno a los poderes financieros. Si añadimos que el sistema de partidos ha mutado en una partitocracia burocratizada, integrada por políticos de hoja perenne, el resultado está servido: una obturación del sistema político, manifestada en una falta grande de receptividad a las demandas de los ciudadanos que no están instalados. Así las cosas, ¿a quién puede extrañar que comiencen a ceder las costuras del sistema, cuando la economía decae y disminuyen las gratificaciones sensibles con las que neutralizar a los ciudadanos?

En este marco se inscribe la reacción de los indignados, expresada en sus acampadas, que supone antes que nada un rechazo frontal al sistema. Por eso son absurdas las descalificaciones de este movimiento, con el pretexto de la falta de rigor e inviabilidad de sus propuestas. Lo que importa no es lo que piden, sino lo que rechazan: un sistema político obturado en su representatividad profunda y que es rehén, hoy más que nunca, del poder económico acumulado por las instituciones financieras. De ahí que las acampadas deban ser percibidas como un síntoma claro de una enfermedad grave.

En resumen: la obturación del sistema político hace que se desborden los cauces de participación establecidos y se pase a la desobediencia civil.


Éste es su pensamiento:
1. La desobediencia civil surge cuando un grupo significativo de ciudadanos se convence de que los canales para conseguir cambios están obturados.
2. No puede equipararse la desobediencia civil con la criminal, porque hay una gran diferencia entre el criminal que se oculta y el desobediente que desafía la ley a la luz del día. Además, a diferencia del revolucionario, el desobediente civil acepta la autoridad existente y la legalidad general.
3. Las sociedades modernas están sujetas a un acelerado proceso de cambio, que el derecho legaliza una vez producido, pero que suele ser resultado de acciones extrajurídicas. Ante este cambio, los canales de participación política de los ciudadanos son muchas veces insuficientes.
4. Por esta razón, a la desobediencia civil le corresponde una relevancia creciente en las democracias modernas: constituye una manifestación extrema del derecho del pueblo a asociarse para reclamar al gobierno o para protestar por sus decisiones.
5. El derecho a asociarse para disentir tiene su fundamento en el hecho de que la obligación moral de cumplir la ley nace del consenso originario fundacional del Estado, que limita el poder de los ciudadanos y fundamenta el poder del Gobierno, pero que no enerva el derecho de aquellos a participar en las tareas públicas.
6. Este consenso originario implica el derecho a disentir, de lo que resulta que la asociación para manifestarse –o para acampar– puede llegar a ser el único medio de acción.

Hasta aquí el discurso de Hannah Arendt, que –es cierto– difícilmente puede ser asumido por un juez a la hora de juzgar, pero sí debe ser tenido en cuenta por los políticos al reaccionar frente a los actos de desobediencia. Las soluciones de fuerza atajan los síntomas, pero no curan el mal. Y la enfermedad existe. Para darse cuenta de ello basta con hacerse esta pregunta: de verdad, de verdad de la buena, ¿quién manda?

Juan-José López Burniol

jueves, 26 de mayo de 2011

La era de los imparables

Homenaje a todos los que estan luchando actualmente por cambiar el sistema.


El templo del tigre
La era de los imparables

Trabajar para vivir, no vivir para trabajar

En un hormiguero bien organizado, las hormigas reinas son pocas y las hormigas obreras, muchísimas. Las reinas nacen con alas y pueden hacer el amor. Las obreras, que no vuelan ni aman, trabajan para las reinas. Las hormigas policías vigilan a las obreras y también vigilan a las reinas.
"La vida es algo que ocurre mientras uno está ocupado haciendo otras cosas", decia John Lennon. En nuestra epoca, marcada por la confusión de los medios y los fines, no se trabaja para vivir: se vive para trabajar. Unos trabajan cada vez más porque necesitan más de lo que consumen y otros trabajan cada vez más para seguir consumiendo más de lo que necesitan [...]
¿Parece normal que el hombre trabaje como hormiga en las cumbres del desarrollo? ¿La riqueza conduce a la libertad, o multiplica el miedo a la libertad?
"Ser es tener", dice el sistema. Y la trampa consiste en que quien más tiene, más quiere y, en resumidas cuentas, las personas terminan perteneciendo a las cosas y trabajando a sus ordenes.

Eduardo Galeano, Ser como ellos


miércoles, 25 de mayo de 2011

Que tal si deliramos por un ratito (Eduardo Galeano)

Que tal si deliramos por un ratito.
Que tal si clavamos los ojos más allá de la infamia
para adivinar otro mundo posible.

El aire estará limpio de todo veneno que no provenga de los miedos humanos y de las humanas pasiones.
En las calles, los automóviles serán aplastados por los perros.
La gente no será manejada por el automóvil ni será programada por el ordenador,
ni será comprada por el supermercado, ni será tampoco mirada por el televisor.
El televisor dejará de ser el miembro mas importante de la familia
y será tratado como la plancha o el lavarropas.
Se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez
que cometen quienes viven por tener o por ganar en vez de vivir por vivir no más,
como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega.

En ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar
sino los que quieran cumplirlo.
Nadie vivirá para trabajar pero todos trabajaremos para vivir.
Los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo
ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas.
Los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas.
Los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos.
Los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas.
La solemnidad se dejará de creer que es una virtud.
Y nadie nadie, tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo.

La muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes.
Y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero.
La comida no será una mercancía ni la comunicación un negocio
porque la comida y la comunicación son derechos humanos.
Nadie morirá de hambre porque nadie morirá de indigestión.
Los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura porque no habrá niños de la calle.
Los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero porque no habrán niños ricos.
La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla.
Ni la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla.

La justicia y la libertad, hermanas siamesas, condenadas a vivir separadas,
volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda.
En Argentina, las locas de plaza de mayor serán un ejemplo de salud mental
porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria.
La santa madre iglesia corregirá algunas erratas de las tablas de Moisés
y el sexto mandamiento ordenará festejar al cuerpo.
La iglesia también dictará otro mandamiento que se le había olvidado a Dios:
Amarás a la naturaleza, de la que formas parte.

Serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma.
Los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados,
porque ellos se desesperaron de tanto esperar y ellos se perdieron por tanto buscar.
Seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan
voluntad de belleza y voluntad de justicia.
Hayan nacido cuando hayan nacido y hayan vivido donde hayan vivido
sin que importe ni un poquito las fronteras del mapa ni del tiempo.

Seremos imperfectos porque la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses
pero en este mundo, en este mundo chambón y jodido,
seremos capaces de vivir cada dia como si fuera el primero
y cada noche como si fuera la última.



















Eduardo Galeano